Quizás es a esto a lo que, en resumen, nos condena este mundo sin relaciones, sin enlaces, sin compromisos. Donde no existe nada irrompible, incluso los juramentos de amor eterno acaban siendo una frase más que quedó en el aire. 
La clave de todo se encuentra en el conflicto de los deseos: yo quería seguir adelante aunque me costase, de un modo u otro, el prefería estar con otras personas mientras yo me recuperaba. En un mundo de libertades, su deseo prima sobre el mío, adquiere más importancia pues es el destino de su cuerpo lo que está en juego. Pero el destino de mi cuerpo, de mis sentimientos y relaciones, también está en juego.

El amor no tiene importancia, es una sensación secundaria. Merece la pena romperla en nuestra búsqueda de placer.
Este es el mundo en el que no quiero vivir. Dejemos que suene el “Still loving you” mientras voy a cenar.
Salgo a comprar tabaco y alquilar una peli. Pasar el rato hasta que llegue la noche. No sé cómo la muchedumbre lo acepta. Nadie parece quejarse, son todos felices. Incluso bailan colocando las carátulas en los estantes del videoclub.
Cojo dos películas y me pongo a ver una. Tengo la sensación de que he visto la peor de ambas. La gente, desde la calle, me mira cómo me fumo mi último cigarrillo. No puedo adivinar lo que están pensando. Pero yo pienso en el, en todo lo que he vivido, todos los que he conocido. Desgranando pastillas una a una. Metiéndomelas en la boca. Tragando. Está hecho.
Pero entonces entra mi mejor amigo. Espero que no se dé cuenta pero lo hace. Atenta llevarme de nuevo al hospital pero no, no quiero. Lucho contra sus manos. Subo las escaleras con el siguiéndome. Tengo suerte y la azotea esta abierta.
- Cálmate, Princesa. Piensa lo que vas a hacer. –grita por cada peldaño.
¿Que lo piense? Llevo toda mi vida pensándolo. Pero éste es momento de llevarlo a cabo. Mis zapatos rozan la cornisa, y miro abajo. Se acerca el fatigado, me dice cosas que no oigo. Mejor no oírlo, mejor escuchar el vacío.
El abismo debajo de mí me absorbe y entonces caigo. Se hace muy largo el tiempo, mientras desciendo, cada vez a más velocidad. Por fin un coche me detiene, y siento el crujido de mis huesos, el dolor en los músculos, la sangre deslizándose espesa por entre las grietas de mi carne.

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